Australia es un continente al costado de Las Ocho Vías

Actualizado: may 12

Por Maité Hernández-Lorenzo

Para Fe, Humberto, Adaisy, Onelio, Ibis, Ronoel, Edelys, Riselada, Daniel, australianos al resistero.


Dice Ronoel que hace un mes no llueve en Australia. Y uno puede imaginarse la sed de canguros y koalas. Pero mi Australia está a un costado de Las Ocho Vías y es el nombre de un ingenio del siglo XIX que tuvo su reconstrucción en 1916 y que terminó siendo una chimenea desolada en la foto de un turista que sube al trencito, porque en 2002 decidieron demolerlo como a tantos otros. “Si hubieran querido, lo hubieran salvado, pero era más fácil destruirlo”, dicen.

El ciclón Michel echó abajo la casa del Central y con ella muchas otras cosas: la vida del Batey, los silbatos, los pitos, los Molinos con nombres de las hijas de los primeros dueños, el hollín cayendo y tiñendo la ropa, el olor a melaza, el guarapo a chorro. Muchas cosas, muchas cosas.

Del Central Australia, el único al que no le cambiaron el nombre desde su fundación, salía la mejor azúcar de la provincia, era tan buena que se exportaba, era tan buena que si sostenías en la mano un puñado de azúcar recién molida durante más de diez minutos, tenías garantizada la buena suerte por varios años. Es lo que cuentan Ana Cañete y Miguel Hernández, ex trabajadores del central, gente nacida y criada a la sombra de esa chimenea. “Mi padre fue trabajador del Central. Yo no he conocido nada más y nunca me interesó irme de aquí”. Casi dicen al unísono.

Zona 0. Taller de Experimentación Escénica no solo llegó al Batey Australia del 5 al 8 de abril, sino que penetró, se asentó, se mezcló y convivió con su gente. Algunos ocuparon la casa de Fe, otras la de Adaisy, unos la de Onelio y alguien más se quedó con Riselda. Así fuimos trazando un nuevo mapa de la comunidad, una topografía sobre nuestros propios pasos que iba reconfigurando y superponiendo la geografía real con la imaginada. De sueños se habló durante esos días. Tres núcleos de creación giraron en torno a la vida del Batey: I love Australia, el Taller de Posibilidades y Castillos en el aire.

Todo comenzó en el mes de enero. Durante varias semanas, el equipo organizativo liderado por José Ramón Hernández Suárez, al frente de Osikán. Plataforma Escénica Experimental, de la cual Zona 0 es una de las derivas de su trabajo, realizó varias visitas a Jagüey Grande. De esos encuentros con las autoridades del municipio y también en un profundo sondeo in situ, el team decidió entre tres líneas de desarrollo – la ruta del azúcar, la del cítrico y la histórica – anclar su centro de operaciones en el Central Australia. Allí emergieron, con la complicidad de la comunidad y de sus líderes naturales, verdaderas fuentes de inspiración que hoy han marcado el inicio de un intercambio que tendrá su segunda estación en septiembre.

I love… es un proyecto de intervención cuya génesis se ubica en la ciudad de Nueva York. Bajo ese denominativo, I love..., como ha explicado José Ramón, su coordinador y creador, visibiliza las historias de vida/archivos/memorias/registros de los inmigrantes en una comunidad. Esos materiales, según su visión, construyen otra geografía cultural y social de conjunto con sus espacios de recepción. Así ocurrió en las tres partes de I love Australia. Su primera estación, Consagración del Jagüey tomó las ruinas de la casa de los dueños del Central, Gabriel García Menocal y Narcisa Deop, activos colaboradores de la guerra independentista cubana del XIX, y alrededor de un alto jagüey sonaron los tambores de la comparsa que lideran Ibis y Ronoel y fue proclamada a Obdulia Quevedo (Yuya) Sacerdotisa Mayor de Australia y su vivienda, Casa Templo. A la sombra del árbol, Humberto Díaz, Historiador de Jagüey Grande y uno de los principales artífices de esta aventura, convocó a los muertos vivientes, habló de lo que se levantó y cayó sobre las paredes, de los barracones que hoy ocupan pobladores, en su gran mayoría, llegados del Oriente cubano y que han modificado, en peculiar simbiosis, costumbres, prácticas religiosas y el acento al hablar. Humberto también habló de Mario García Menocal, quien nació en esa casona, hoy alfombrada con tierra y mala yerba, habló de lo que fue y ya no es, de lo que queda y de todo lo que se puede hacer. En especial, de lo que está por hacerse se habló durante tres sesiones en el Taller de Posibilidades. Una de ellas, es la creación de La Casona del Tambor en esas mismas ruinas, un espacio vivo defendido por la comunidad y por los comparseros. Sueños en el horizonte que pueden ser realidad con el apoyo de los gobiernos locales, pero, sobre todo, con la fuerza potente de sus habitantes. Proyectos gestados y nacidos en el interior de la comunidad que tienen como sello la necesidad, el deseo y la perseverancia.

El Taller también puso sobre la mesa, con la conducción de los promotores y gestores Ilona Goyeneche y Aristeo Mora de Anda, colaboradores de la plataforma, dos proyectos más: cómo generar actividades para la comunidad de la mano de las autoridades en diálogo con los habitantes, y “Vivir Australia”. En el primero, se debatía sobre la recreación pura, se discutía en torno a ciertos conceptos de cultura que aún están anquilosados en el pensamiento burocrático y obstaculizan, justamente, el desarrollo de las potencialidades de la comunidad y echan por tierra una participación más horizontal y democrática de los ciudadanos. En ese sentido, se habló también del vigor de los más jóvenes, muchos de ellos, cultores del hip hop y la música electrónica, una banda sonora que contrapuntea en desventaja con el predominio de otras músicas y que ha sido relegada a pesar de convivir en la comunidad. “Vivir Australia” es un recorrido guiado por zonas/puntos/espacios de interés que reconstruye y dibuja otra historia de la localidad. Un ejemplo de este último, fue Castillos en el aire, una conmovedora ruta por el derruido central donde Ana Cañete y Miguel Hernández, ex trabajadores, explicaban qué había en el lugar donde hoy solo crece la yerba o el suelo ha dejado restos de óxido: “aquí estaban los tachos, allá los molinos, aquí bajaba la azúcar, aquí estaban los hornos”. Castillos en el aire es un proyecto de la teatróloga y performer Martha Luisa Hernández Cadenas (Martika Minipunto) que en Australia sumó la colaboración del historiador Humberto Díaz. Bajo la chimenea que aún se levanta, se prendió un escuálido fuego que fue suficiente para tiznarnos como hace algunos años lo hacía el hollín en tiempo de zafra. Allí, Humberto leyó en síntesis poética lo que Martika devolvía a la comunidad, allí tomamos un puño de azúcar y lo apretamos fuertemente deseando una mejor suerte, cierta prosperidad que no quiere decir riqueza material. Allí reinventamos un nuevo central, otro relato de lo que fue y podría ser, un “castillo en el aire”, tan real y tangible, como la dureza de las maquinarias del ingenio, como el peso del basculador o el sonido del vapor de las calderas.

Por otro lado, las segunda y tercera partes de I love Australia, pusieron el acento en los relatos aportados por los habitantes que a la vez son los propios portadores y conductores de sus experiencias.

La segunda parte, La Pista, se concentraba en ese barrio cuyo nombre refiere una pista aérea construida en el lugar y que hoy muestra casas de mampostería y madera, escasos árboles y un vendedor de helados, que más que helado, ofrece alivio para el sofoco. Allí, una muchacha iba mostrando la comunidad intercalando biografías personales y colectivas, hasta desembocar en El Ranchón, un espacio común para la recreación y el encuentro construido gracias a una ponina de los habitantes, cercano, además, a un parque infantil, un sitial histórico dedicado a Hugo Chávez y a los aparatos biosaludables recuperados y arreglados más de una vez por sus usuarios. Detrás del Ranchón, Onelio nos esperaba con entusiasmo para explicar cómo había surgido el organopónico, una de las principales fuentes de suministro para los lugareños. Entre canteros limpios y desyerbados, organizados según el cultivo, Onelio también compartía su propia historia: dos años en Angola con apenas 17 años que lo hizo regresar con más fuerzas para brindarle “algo a mi comunidad”; la implicación de su familia, su esposa, hijos y amigos en la realización de ese sueño, de ese otro “castillo en el aire”. Habló también de la implementación de nuevas técnicas orgánicas y saludables, de la crianza de los conejos, de la optimización de la tierra, de las posturas de un café robusto que sabe a gloria cuando lo tomamos casi al caer la noche. Al finalizar, un juego de luces y la canción Te perdono, de Noel Nicola, voceada por casi todos, iluminaban los surcos, como si ese gesto marcara un reinicio de las cosas.

La tercera, Fe, esperanza y caridad, ofrecía un tránsito por las narraciones personales de Fe y Riselda, ambas provenientes de las provincias orientales, que daban cuenta de su inclusión en la comunidad, de su pasado y su presente. Este segundo momento concluía con la declaración simbólica por Humberto Díaz de La Casa del Pueblo en el antiguo Hotel Europa, primera construcción de dos pisos en Jagüey Grande cuya primera planta es una vivienda y la segunda expone desolación y abulia. Al concluir el emotivo discurso de Díaz que ponía en valor el rico acervo patrimonial del inmueble, la comparsa de Australia repiqueteaba sus tambores y arrastraba a la gente levantando el polvo rojo y seco del Batey.

El Taller de Posibilidades dejó una agenda de acciones, de pasos a seguir hasta hacer realidad esos sueños que van en busca de un nuevo paisaje cultural. En septiembre, volveremos a convivir, a levantar castillos en el aire, a poner la piedra de un central imaginario que sigue moliendo la caña al final del camino del tren, cuando los turistas bajan para comprobar, con ojos asombrados y cegados de sol, cómo un cubano se sube a una palma.

Y todavía alguien podría preguntarse dónde está el teatro. Quizá alguien no vería lo teatral en una apuesta que se instala en la vida cotidiana, en el ir y venir de la gente por la tierra colorá, bajo un sol a punto de tocar el suelo, con abrigos y camisas de mangas largas a 35 grados de temperatura. Alguien quizá estaría esperando la representación de esas historias en otras voces y en otros cuerpos, voces y cuerpos ficticios, falseados, distantes de la carne que ha sido depositaria y constructora de memoria, de sucesos de vida, de marcas en la piel, de callos en las manos. Esa respuesta se encuentra en varios lugares a la vez. Esa respuesta está en la práctica de la generosidad, de la humildad, de una ética que se cultiva, como las zanahorias de Onelio, con un cuidado insistente y noble.


Maité Hernández-Lorenzo (La Habana, 1970). Periodista, cronista teatral y narradora. Es coautora, junto a Omar Valiño, de Vicente Revuelta: monólogo. Ediciones Vigía publicó en 2014 su cuaderno de cuentos Las memorias vacías de Solange Bañuelos. Una edición ampliada con nuevos relatos fue presentada en 2018 por Ediciones Matanzas, la cual mereció el Premio Gran Puerta de Papel. Ensayos y artículos suyos sobre teatro y comunicación cultural han aparecido en libros y publicaciones periódicas. Ha intervenido como investigadora y crítica teatral en varios Congresos, Foros y Encuentros internacionales. Desde 2003 hasta 2020 estuvo al frente de la Dirección de Comunicación e Imagen de la Casa de las Américas. En 2019 fue curadora, junto al diseñador Pepe Menéndez, de la exposición La línea de la vida. 60 años de la Casa de las Américas. Ha asesorado procesos teatrales tanto en Cuba como en Estados Unidos y Dinamarca.


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