QUIENES SOMOS


Osikán – Vivero de Creación e Imaginación Social es un vivero de creación, investigación y acción cultural con sede en Madrid. Impulsa, coordina y acompaña procesos artísticos, educativos y comunitarios desde una acción cultural situada, expandida e indisciplinar, articulando mediación, archivo, formación, cooperación intercultural, profesionalización e incidencia política.
Trabaja junto a personas y comunidades afrodescendientes, migrantes, racializadas y disidentes sexo-género, así como con artistas, colectivos e instituciones comprometidas con la transformación de las relaciones culturales. Su pensamiento está atravesado por perspectivas afrocentradas, antirracistas, feministas negras y contracoloniales, que sitúan el arte, la memoria, la espiritualidad y la justicia social dentro de un mismo campo de acción.
Para Osikán, la cultura es un derecho y un espacio desde el que reivindicar memorias, afirmar identidades, producir conocimientos, tejer comunidad e intervenir en las estructuras que deciden quién puede crear, narrar, dirigir, ocupar un lugar y permanecer en él. Los derechos culturales no se reducen al acceso a una programación ni a la incorporación simbólica de ciertas identidades dentro de relatos ya establecidos. Exigen reconocer a las comunidades como productoras de lenguajes, archivos, espiritualidades y modos propios de comprender y organizar la existencia; y disputar la distribución de los recursos, la visibilidad, la representación y la capacidad de decisión dentro del campo cultural.

La creación ocupa el núcleo de este trabajo. No aparece como ilustración de un discurso previo ni como representación distante de una realidad social, sino como una vía para producir conocimiento e intervenir en el presente. A través de obras, residencias, laboratorios, investigaciones y procesos colectivos, Osikán interroga las jerarquías coloniales, raciales, sexuales y culturales que organizan nuestras vidas, recupera saberes negados, activa memorias y construye espacios donde otras narraciones puedan adquirir cuerpo, lenguaje y presencia pública. El pensamiento surge en el propio proceso: en los cuerpos, los territorios, las experiencias migratorias, la escucha, el conflicto, la memoria ancestral y los saberes transmitidos por las comunidades.
Desde esta posición, Osikán ha desarrollado metodologías basadas en el acompañamiento, la escucha crítica, el cuidado, la autonomía cultural y la transformación colectiva. El cuidado no funciona como una retórica amable ni como una manera de evitar el conflicto. Es una responsabilidad material y política: atender a los tiempos, los recursos, las desigualdades y las fragilidades que atraviesan cada proceso; impedir que la precariedad, la violencia o la explotación se naturalicen como lógicas de producción; y sostener la continuidad de una trayectoria sin exigirle que se desprenda de su historia, su comunidad o su capacidad de disentir.

Desde su nacimiento, Osikán ha apostado por generar infraestructuras culturales propias, imaginadas desde lugares históricamente apartados de los centros de legitimación. Infraestructuras capaces de sostener la creación artística, el archivo vivo, la transmisión de saberes y la circulación de propuestas que no siempre encuentran escucha, reconocimiento o posibilidades de continuidad dentro de los marcos culturales convencionales. Fortalecer trayectorias artísticas históricamente desatendidas, hacer visibles lenguajes silenciados y construir alianzas dentro y fuera del Estado español son dimensiones inseparables de esta acción cultural.
Esta concepción desplaza también el lugar tradicionalmente asignado al artista. La creación deja de entenderse como una operación individual y autosuficiente para reconocerse como un campo de relación política, espiritual y territorial. Una obra puede ser, al mismo tiempo, una investigación, un dispositivo pedagógico, una ceremonia, un archivo comunitario, un espacio de mediación o una intervención en la vida pública. La indisciplina permite que cada proyecto encuentre su lenguaje, su duración y su estructura a partir de las preguntas, las personas y los territorios que lo constituyen, sin quedar sometido de antemano a una categoría artística o institucional.
Osikán se reconoce como vivero porque su labor no termina con la producción de obras o actividades. El vivero no nombra un refugio apartado del conflicto, sino una estructura activa de sostenimiento: un lugar desde el que cultivar procesos, fortalecer capacidades, compartir recursos, transmitir memorias y favorecer la autonomía sin imponer un único ritmo de crecimiento ni un solo criterio de legitimación. La imaginación social nombra la posibilidad de intervenir sobre aquello que se presenta como dado e inevitable; de recordar desde otros lugares, alterar los relatos heredados y hacer perceptibles formas de vida que todavía no encuentran espacio en el mundo existente.