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  • El Vivero

Aleja a tus hijos del alcohol: una maniobra para acercarnos

Por Maité Hernández Lorenzo




El burro adelante pá que no se espante

Si me dejo seducir en un juego de verdades-mentiras, en una especie de auto-rendición de cuentas, si me dejo llevar, si pongo de mi parte y entro en esa especie de rueda de la fortuna, diría: nací en el 70, con sabor a caña amarga, a revés convertido en Victoria, en el barrio de Jesús María, en el corazón de La Habana Vieja, con un renombre ganado a costa de historias sangrientas. En los duros noventa comenzó mi desilusión, y, mientras despedía en bandada a mis amigos, me anclaba más a la isla, como si ese fuera mi destino. Hace veinte años he querido ser una especie de cronista del teatro, del que he visto y del que me he imaginado. Mis dos hijos marcan parte de mi rutina; la otra me la invento, la destruyen, me resisto y la recompongo cada día. Cargo con el cotidiano duro y leve, a veces respirable, como todo el mundo. He escrito un libro de expiación, con una plancha y una copa en las manos. Miro a mi padre y veo a otro, pero si ambos nos esforzamos, sonreímos y vemos la vida de otra forma. Hace mucho tiempo me construí mi país en mi país. Aún no sé cómo explicárselo a mis hijos. Ojalá ellos no tengan que hacerlo.

Por qué no formar parte de esa seducción, en un mundo que, por un lado, es cada vez más promiscuo, supuestamente más transparente, donde estamos expuestos a que nos vean, a que nos rectifiquen y nos desmientan; y, por otro, tiende a simulacros de verdad, de poses, a una comunicación que pasa, en muchos lugares, por lo virtual y artificioso. Somos parte, consciente o inconscientemente, de un juego de ilusión, de sofisticadas mentiras, concesiones, negociaciones no equitativas en las que los sujetos, en tanto ciudadanos, estamos cada vez más desprovistos, más solos. Un mundo, el nuestro, el de aquí y ahora mismo, de incertidumbre, en el cual nos estamos inventando día a día, y los sueños a largo plazo, despiertan súbitamente. Por qué no reparar en ese valor íntimo, insustituible de lo vívido, del yo en relación con el otro, los otros. Las biografías personales pesan cada vez más solo en apariencia, y cada vez estamos más controlados por personas que ni siquiera conocemos, por aparatos que no llegamos a dominar.



Metal rayando pizarrón

Imperfecto, enérgico, procaz, durísimo, chirrioso, metal sobre piedra, es el estado al que nos somete Rogelio Orizondo en sus textos. Aleja tus hijos del alcohol no es menos, es una pedrada en el pecho, un pellizco, un malestar que Yohayna Hernández (dramaturgia) y José Ramón Hernández (dramaturgia y dirección) junto a las actrices Rosalia Roque e Hilde Gorpe acentúan despellejándose ante nosotros, despellejándonos. No estamos listos para esto, ¿qué se creen? Dirían algunos.

Ya no somos lo que éramos, eso era sabido y el teatro ha dado sobrada cuenta de ello, pero estos muchachos arrebatadores, indiscretos, pujantes, irregulares, poco sistemáticos, oscilantes (sí, ¿y?), nos lo vienen a decir de un modo que nos incomoda, nos descoloca, mueve nuestra zona de confort. Escenas procaces, una mala palabra detrás de la otra, escatología… “¡Qué horror, adónde vamos a parar!” Han dicho algunos seguramente de la misma manera que aquel espectador que se removía en su butaca ante el primer desnudo en escena.

¿Cómo convivir con eso, en qué lugar me pongo? “A ver, cómo te lo explico”, dice la Antígona de Yerandy Fleites, Pedro Franco y Teatro El Portazo, antes que los actores nos convoquen a pagar un café o un cartel, a pasar de la platea a la “lucha”. Desilusión, perreta, decepción, incesto, malformaciones, decadencia, desesperanza, descrédito, rabia, disidencia, sanación, enfermedad, suciedad, puercá, cochiná, verdad, ajuste de cuentas con nuestra generación, con la de ellos, con la que vendrá. Todo en un mismo paquete: otro paquete frente al “paquete”.

Con Antigonón Rogelio se lució. De ahí nació un monumento, y, como he dicho en otros sitios quizá con más cordura que ahora mismo, Antigonón es un gozne entre una década y otra, es, a veinte años de La niñita querida, una vuelta de tuerca, y la espiral va en ascenso circular pero sin pasar por el mismo punto. No se entiende bien visto así, porque las espirales a las que estamos sometidos son caóticas, sin líneas circulares, salientes y entrantes que nos tironean cada cierto tiempo. Carlos Díaz, ese animal creativo, siempre al acecho, arriesgándose y dejándose llevar, tirándose contra la pared, rebotando y volviendo a subir, ha sido una inspiración para el espíritu de estos muchachos no tan novísimos ya.

Sus creadores anuncian que Aleja….es también un karaoke escénico. Sobre esa plataforma, entonces, construyen una poética que los expone al ridículo, en una suerte de visibilidad impertinente. Nos soportamos en esa negociación festiva, roncito Havana Club por medio. Y desde ese dispositivo de interacción intercambiamos, nos ofuscamos y nos resistimos a participar, a contestar el jueguito de preguntas a que nos invitan las actrices con alegría y entusiasmo.

Con este espectáculo, con un reconocimiento de la Sección de Crítica de la Asociación de Artistas Escénicos de la UNEAC, en el pasado Premio Villanueva, se instaló una sabrosa discusión en los Encuentros de la Crítica del XIV Festival de Teatro de Camagüey. Digamos que fue la guinda en el pastel, el toque de sal en esos diálogos, algunos sumamente unidireccionales, por cierto.

Gracias a esos debates asistí, por primera vez, a una discusión que iba más allá de lo que con frecuencia se le señala a estos muchachos. Aleja… fue la punta del iceberg de un suceso – me resisto a denominar fenómeno o accidente – que es consecuencia, también, de un estado de cosas, de un estado del alma que va más allá del teatro mismo. Una vez más, la lucidez de Carlos Celdrán, quien asistió a cada uno de esos encuentros, puso las cosas en su lugar: “seamos polémicos, no antagónicos”, citando, aclaraba él, a su amiga Blanca Felipe.

El primer Aleja a tus hijos del alcohol que presencié fue en el sótano del Teatro Nacional del Guiñol, carcomido por el olor de la humedad y con la historia sabida de quienes transitaron por ese laberinto de concreto. Con esa carga simbólica, la generación de Aleja también reverdece conquistando nuevos derechos y modos de estar, de participar desde y con el teatro. Y querámoslo o no, ha sido un gesto, un detonador.

La delgada línea que tensa la relación entre ese grupo autodenominado novísimos que cada vez prefigura un rostro perfilado y una zona establecida del teatro cubano, estalló en Camagüey adonde el espectáculo asistió dentro de la franja Escenas emergentes. Por primera vez, al menos para mí, asistí a una discusión sobre tópicos que se relacionan a ellos: similitud de las dramaturgias, estereotipos de modelos de actuación, desgaste y abuso de una literatura dramática cargada de palabras obscenas, de personajes y situaciones extremas en su marginalidad familiar, social, política, asistematicidad en los procesos, escasas funciones, poca visibilidad y confrontación con públicos…etc…

Hacía mucho tiempo una puesta en escena no despertaba una polémica en la comunidad teatral, para llamarla de algún modo, si en realidad existe y si en realidad nos sentimos parte de ella. Verificó lo que a mi juicio sigue siendo un punto de partida, el gesto al tirar la flecha, no la flecha misma. Como bien se apuntaba, en algunos casos puede vislumbrarse una gestualidad modélica, a punto de ser estereotipada, dispositivos que vomitan imágenes yuxtapuestas, iridiscentes que subvierten, enredan y densifican el logos. El resultado de eso, es una acumulación, a veces acrítica, de un discurso atropellado, irregular, vacío y repetitivo que se agota en sí mismo. El resultado de eso es también, en ocasiones, una provocación a la que nos resistimos, que minimizamos sin profundizar, sin darnos por vencidos.

Por otro lado y como si no viniera al caso, sería bueno reconsiderar cómo operamos, desde la crítica y/o otras formas de mediación, en el suceso teatral, poniendo en solfa, justamente, esos términos, adentrándonos en un universo que cada vez instala, de cualquier modo y en cualquier variante, autorreferencias, más directas o no, nuevas experiencias, en ambas direcciones, en la recepción del suceso escénico. Quizá sea hora de arriesgarnos, de jugar también, de ponernos en peligro, de exponernos desde un espacio más íntimo y subjetivo. ¿Tenemos esa posibilidad? Luis Rafael Sánchez, escritor puertorriqueño, ha dicho: “La literatura no tendrá más salida que reivindicar la desobediencia, la rebeldía, la inconformidad", al teatro y a la crítica también les corresponden más esos afanes.

Esas historias personales ya se han instalado antes en la escena cubana de manera explícita: Peer Gynt (Teatro El Público), El Archivo (Compañía del Cuartel) son algunos ejemplos ilustrativos. Pero no lo es menos en el teatro de Carlos Celdrán ni en el de Nelda Castillo. Ahí están condensados, en diferentes lenguajes y desde otras operaciones escénicas y actorales,lo personal, lo íntimo. Imposible hacerlo de otro modo, imposible maniobrar con las escrituras dramáticas y espectaculares sin transpirar esas experiencias, esos ámbitos de vida. No es posible zafarse de esa “realidad” y reconstruir, remodelar esos espacios de lo privado en lo público y en lo colectivo. Ahora bien, cómo los actores, directores, creadores trabajan esos materiales de vida, de experiencias sociales y políticas es lo que va a confirmar esa diferencia, la artesanía de lo teatral.

Afortunadamente, el teatro ha sido una refracción oblicua, transversal, creativa, imaginativa de nuestras realidades: sociales, políticas, ciudadanas, culturales, ontológicas, íntimas. Es quizá el arte que más ha rasgado, tironeado esos procesos de forma inmediata. Los lenguajes que hoy nos devuelven Semén (Yunior García-Pedro Franco), El constructor y la princesa (Ibsen-William Ruíz), El mal gusto (Marcos Antonio Díaz Sosa, Rogelio Orizondo-Moritz Schonecker) y las versiones de Yerandy, los textos y montajes de Lilianne Lugo, de Fabián Suárez, estos últimos apenas en circulación lastimosamente, es un registro político de nuestra relación con la Historia. Sí, ya sabemos, no es una excepción, abundan los ejemplos de esas operaciones de aquí y ahora desde muchísimos otros lenguajes, lo he mencionado antes: el grosor poético y simbólico de El Ciervo Encantado, el pulso social y político de Argos Teatro, la subversión y el escándalo de sentidos de Teatro El Público, la potente imago de Teatro Buendía, Teatro D’Dos y sus operaciones dramatúrgicas y escénicas a partir de la obra de Estorino, Raúl Martín y su ciclo de Piñera, de Alberto Pedro, la intromisión de lo poético y lo social en el Estudio Teatral de Santa Clara, y muchísimos más. Felizmente, el teatro cubano, al menos el que yo he conocido en escena, ha dejado un testimonio que nos verifica, funda una memoria colectiva única, procesual, tasajeada por epistemologías de nuestro ser social, político, cultural; y, como asevera el psicólogo y profesor Manuel Calviño, por nuevas formas de producción de subjetividades. Somos testigos, queramos o no, de otra manera de relatar esa relación, de construir ese fresco de recuerdos colectivos y personales. ¿Es transitoria, provisional? Es un ciclo en espiral, se mueve en círculo pero no pasa por el mismo sitio, he dicho ya. La realidad está ahí en sus más variados modos de verla. Nos convida a nuevas preguntas, a inventarnos nuevas preguntas, a dudar, nos invita a la sospecha, a no temer a lo que no sabemos responder, tanto en lo artístico, en lo social, en lo político, en nuevas maneras de construir una ciudadanía desde lo cultural.




A lo que iba: la arrancada

Cuando la actriz Hilde Gorpe, en un español extraño, nos va contando lentamente, mientras su cabeza se sumerge en un cubo de agua, cómo asistía a su padre en las horas finales de su vida, esa figura cenital en la obra de Orizondo, de una manera tan vívida, con imágenes repulsivas y tristes a la vez, cuando esa imagen es la que nos recibe en Aleja a tus hijos del alcohol, somos testigos de un acto de fe y vergüenza ante la muerte. Se produce una subversión del momento poético, de la tensión entre la imagen/logo que colapsa una relación histórica y asentada con la muerte, con la imagen romántica del acto de morir.

Es una obra imperfecta, irregular, desnivelada en sus recursos y sus resultados. Es evidente en la diferencia conceptual y semántica de las historias de ambas actrices. Son dos extremos que conviven, extrañamente, sobre el escenario teatral y social de la Cuba de hoy. Pero de esto hablamos Jose y yo haciendo la sobremesa en el Festival Camagüey o camino a los teatros.

Fue Salvador Redonet quien creó para la literatura hace más de veinte años el término de novísimo. A él también, dentadura a la vista, erudito, callejero y buena gente, le quisieron ajustar las cuentas por la clasificación. Despertó entonces una rabieta en el círculo literario. Hoy estos muchachos se empeñan, dos décadas más tarde, en hacer algo similar. Y casi lo logran. Es hora de despejar, de quitar la hojarasca, de ir limpiando el camino. Es lo que ya se espera de la promesa. Pero la promesa no ha prometido nada: conquista, arrebata a su forma, y trabaja, pero no son las largas temporadas lo que les interesa; sino otro tipo de relación con el oficio, con la circulación y distribución de ese hacer. ¿Habría que preguntarse qué oficio y cuál rigor? No siempre se deja ver, no de la misma manera, es verdad, y por ahí les están cazando la pelea, a veces con razones suficientes. Trabajen, les dicen muchos. Su relación con el trabajo pasa por otro tipo de vínculo. Hay cierta negociación y cinismo, son herramientas de supervivencia, las mismas que tuvimos a mano cuando ellos estaban dando sus primeros pasitos, babeándose mientras sus cuerpecitos se contoneaban al ritmo de la lambada y nosotros veíamos cómo tumbaban con entusiasmo el muro de Berlín, mientras asistíamos a los conciertos de Carlos Varela y mirábamos cómo llegaba una nueva vida con menos vida, a punto de conocer el amor en los tiempos del cólera.



Terminando por el principio

Aleja tus hijos del alcohol contrapuntea con zonas de la escena nacional, en las que aún perduran ciertas convenciones de dura fijeza y comodidad. No queremos salir de ese espacio que conocemos, que nos protege y que nos defiende ante la avalancha de lo que ya está aquí, de lo que se aproxima.

Estructurado en segmentos autorreferenciales de cada uno de los miembros del equipo creativo, el montaje fluctúa entre las líneas de esas vidas y de una representación de esa generación post periodo especial descentrada, mutilada. Todo eso se verifica y se condensa sobre la escena, una escena a su vez fragmentada, de factura sospechosa, en la que constantemente están debatiéndose ambas culturas. Se produce, con un énfasis en lo anecdótico, una conversión de los espacios de enunciación: los de la actriz sueca y la cubana. Ambas historias no están equilibradas ni visual ni ideológicamente. Ambas utopías están frustradas a pesar de su disimilitud. Esa conversión, que podría ser casual, anecdótica, se vuelve una especie de tesis grupal que apunta a la confirmación de una posible utopía común. Horizontes que se canjean entre las actrices, se desdibujan, se confunden.

Aleja tus hijos del alcohol concreta una experiencia que, de cierta manera, nos convida a repensar nuestras propias biografías, reubicarnos, en tanto espectador y ciudadano, ante nuestro recorrido con respecto a otros; es un punto de partida para reflexionar sobre la verdad no solo en lo personal, lo social y lo político; sino también en la noción de lo verdadero en el teatro mismo. Nos expone a un juego de dobleces y simulacros, tan inherentes a nuestra vida de aquí y ahora.



Maité Hernández-Lorenzo (La Habana, 1970). Periodista, cronista teatral y narradora. Es coautora, junto a Omar Valiño, de Vicente Revuelta: monólogo. Ediciones Vigía publicó en 2014 su cuaderno de cuentos Las memorias vacías de Solange Bañuelos. Una edición ampliada con nuevos relatos fue presentada en 2018 por Ediciones Matanzas, la cual mereció el Premio Gran Puerta de Papel. Ensayos y artículos suyos sobre teatro y comunicación cultural han aparecido en libros y publicaciones periódicas. Ha intervenido como investigadora y crítica teatral en varios Congresos, Foros y Encuentros internacionales. Desde 2003 hasta 2020 estuvo al frente de la Dirección de Comunicación e Imagen de la Casa de las Américas. En 2019 fue curadora, junto al diseñador Pepe Menéndez, de la exposición La línea de la vida. 60 años de la Casa de las Américas. Ha asesorado procesos teatrales tanto en Cuba como en Estados Unidos y Dinamarca.

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